8.- PERMANENTE GLOBALIZACIÓN CAPITALISTA.
¿Cuántas definiciones existen de "globalización"? Casi tantas como investigadores, periodistas o simples charlatanes han querido escribir sobre el tema. ¿No será incluso mejor rescatar el de "neoglobalismo" que ya se utilizaba a finales de los ochenta? Pienso que sí, y pienso además que fue abandonado por dos razones, una, porque el hundimiento de la URSS supuso el descrédito transitorio del marxismo y otra, la fundamental, porque su contenido teórico era inaceptable para el poder burgués. Así, V. Bushuev (83) demostraba los terribles efectos del neoglobalismo estadounidense sobre Latinoamérica en la década de los ochenta. Por otra parte, hablar de neoglobalismo indica reconocer que ha habidos otra u otras fases del globalismo capitalista, que es lo que ciertamente ocurre. Tiene razón J. Petras cuando explica los tres modelos de globalización: el primero comenzó en el siglo XV con el crecimiento del capitalismo y su expansión de ultramar; el segundo se desarrolló en torno al comercio entre imperios y el tercero, a diferencia del pillaje, inversiones extractivas y préstamos, la globalización actual supone el comercio internacional, y Petras concluye:
"En resumen, "la globalización no es un fenómeno nuevo: es un nuevo nombre que subsume diversos procesos sociopolíticos y económicos. Los orígenes históricos imperiales han permanecido sumidos en una matriz en la que los nuevos Estados y actores compiten por un acceso privilegiado a las redes y al respaldo estatal. Actualmente, las principales agencias, las corporaciones multinacionales, desempeñan los papeles que representaban anteriormente las compañías comerciales: integrar y apropiarse de los recursos, así como explicar a la mano de obra barata. Hoy, los Estados imperiales extraen los recursos domésticos (de los empleados y contribuyentes) para financiar la expansión en el exterior. Por lo tanto, en el norte y en el sur, la fuerza de trabajo está explotada: los anteriores proyectos del norte financian la expansión actual en el sur" (84).
Resulta obvio que, por un lado, la intelectualidad dominante no quiera airear estas y otras tragedias causadas por el neoglobalismo, y que, por otro lado, menos aún quiera teorizar sus causas porque al investigar sus orígenes se hubieran encontrado con los escritos de un tal Marx que ya en 1848 describía la globalización con una palabras que para sí quisieran los actuales propagandistas del Fondo Monetario Internacional, Banco Mundial, Organización Mundial del Comercio, etc.:
"Mediante la explotación del mercado mundial, la burguesía ha dado un carácter cosmopolita a la producción y al consumo de todos los países. Con gran sentimiento de los reaccionarios, ha quitado a la industria su base nacional. Las antiguas industrias nacionales han sido destruidas y están destruyéndose continuamente. Son suplantadas por nuevas industrias, cuya introducción se convierte en cuestión vital para todas las naciones civilizadas, por industrias que ya no empleas materias primas indígenas, sino materias primas venidas de las más lejanas regiones del mundo, y cuyos productos no sólo se consumen en el propio país, sino en todas las partes del globo. En lugar de las antiguas necesidades, satisfechas por productos nacionales, surgen necesidades nuevas, que reclaman para su satisfacción productos de los países más a apartados y de los climas más diversos. En lugar del antiguo aislamiento y la amargura de las regiones y naciones se establece un intercambio universal, una interdependencia universal de las naciones. Y esto se refiere tanto a la producción material como a la intelectual (...) Obliga a todas las naciones, si no quieren sucumbir, a adoptar el modo burgués de producción, las constriñe a introducir la llamada civilización, es decir, a hacerse burgueses. En una palabra: se foja un mundo a su imagen y semejanza (...) Las provincias independientes, ligadas entre sí casi únicamente por lazos federales, con intereses, leyes, gobiernos y tarifas aduaneras diferentes han sido consolidadas en una sola nación, bajo un solo Gobierno, una sola ley, un solo interés nacional de clase y una sola línea aduanera" (85).
Podríamos decir que el neoglobalismo es la adecuación de las características esenciales del capitalismo a sus necesidades de finales del siglo XX, del mismo modo en que otros autores hablan del "neoimperialismo", como veremos, para adecuar las características del imperialismo de finales del siglo XIX y comienzos del XX a sus necesidades actuales, e incluso otros hablan del "neocolonialismo" para referirse a la dialéctica de la continuidad y del cambio del colonialismo de antes de finales del siglo XIX a la situación actual. Siempre dentro de la lógica del capitalismo como modo de producción histórico que adquiere formas y fases concretas así como niveles ideológicos, políticos, económicos y tecnocientíficos diversos e interrelacionados, podríamos también hacer interesantes matizaciones entre neoliberalismo, neoglabalismo y neoimperialismo, pero no es este el momento para ello, así que en aras de la brevedad me limitaré a la definición "oficial", en el sentido de representar la estrategia socialdemócrata, citaré a J. Estefanía:
"La globalización es la principal característica del postcapitalismo. Se trata de un proceso por el que las economías nacionales se integran progresivamente en la economía internacional, de modo que su evolución dependerá cada vez más de los mercados internacionales y menos de las políticas de los Gobiernos. Ello ha traído mayores cotas de bienestar en muchos lugares, pero también una obligada cesión del poder de los ciudadanos, sin debate previo, sobre sus economías y sus capacidades de decisión, en beneficio de unas fuerzas indefinidas que atienden al genérico de 'mercados'. La globalización será, pues, otro hito histórico, tras la caída del 'socialismo real' y la autoanulación de los paradigmas alternativos al capitalismo. Esta globalización, que enlazará dos milenios, es una realidad parcial pues no llega a amplias zonas del planeta como, por ejemplo, el continente africano; alguien ha denominado también a este proceso como 'mundialización mutilada'". Y como ejemplo de "postcapitalismo" el autor nos remite a la crisis mexicana iniciada a fines de 1994 (86).
Bien es cierto que este libro está editado antes de la crisis de verano de 1997, y que por tanto el autor no pudo introducir esa crisis y sus consecuencias en su texto, pero eso no nos impide utilizarlo porque, de un lado, la crisis mexicana anunciaba la crisis posterior; de otro lado, la crisis mexicana era con sus características propias la continuación de la crisis rusa y de todo el Este europeo desde finales de los ochenta y, por último, también desde finales de los ochenta el capitalismo japonés, entonces el segundo más poderoso del planeta, había empezado a caer en una crisis de la que todavía, doce años más tarde, no ha salido. Digo esto porque, por una parte, muestra la superficialidad del texto de Estefanía al no centrar la globalización en el ahondamiento de la crisis mundial y en los esfuerzos estratégicos de EEUU para recuperar su hegemonía mundial; por otro lado, pese a las críticas puntuales y tópicas a los "costos sociales" de los "nuevos problemas" (87), sus propuestas son típicamente reformistas y, por último, porque los tópicos y lugares comunes que achaca al marxismo (88) muestran su profunda incomprensión de lo que es el modo de producción capitalista. Sin embargo, para entonces las críticas a la globalización eran muy conocidas, destacando entre otras, la de Barnet y Cavanagh sobre un problema histórico del capitalismo de todos los tiempos como es el de las crisis de sobreproducción y las medidas que las burguesías han tomado para evitarlas o solucionaras; pero la diferencia radica en que mientras Estefanía habla de "postcapitalismo" estos autores hablan de "producción en serie en los tiempos posmodernos" (89).
Pero el tema que tratamos hoy, el de las relaciones entre la globalización y las nuevas tecnologías, nos impone una serie de restricciones a la hora de hacer una crítica más amplia del texto citado arriba, y ya que debemos ceñirnos vamos a tocar, en primer lugar, el problema de las relaciones entre los capitalismos estatales y la economía mundial porque es uno de los puntos fuertes de la interpretación reformista de la globalización --también hay una interpretación reaccionaria en la que no nos extendemos-- pues sirve para justificar que los gobiernos socialdemócratas apliquen políticas económicas antiobreras. Con la excusa de que la "economía nacional" está cada vez más supeditada a la economía mundial, el gobierno de turno puede y debe imponer "austeridad" a los trabajadores para mantener la capacidad competitiva de la "economía de todos". Este argumento es una trampa que se basa en la falsificación del capitalismo histórico, que es un modo de producción en el que la dialéctica entre las partes y el todo es dialéctica y sinérgica por esencia.
De entrada, no es correcto hablar sólo de dos polos extremos, el estatal o el "nacional" y el mundial o internacional, el segundo de los cuales casi ha fagocitado ya del todo al primero, sino que siempre hay que recurrir a las llamadas "economías regionales", áreas que frecuentemente superan a los Estados, o relacionan a varias regiones fronterizas, etc., como insiste P. Mathias (90). También en una versión reformista de la globalización informacional, como la de M. Castells, se sostiene que "la globalización estimula la regionalización (...) las regiones y localidades no desaparecen, sino que quedan integradas en redes internacionales que conectan sus sectores más dinámicos" (91). Incluso cuando esas áreas regionales son débiles porque están situadas en zonas poco importantes o entre grandes Estados, incluso así todavía sigue operando la gran importancia de esos Estados en sus relaciones con la economía mundial (92).
Para las naciones oprimidas como la vasca, y encima repartidas entre dos Estados ocupantes como el español y el francés, esta tendencia más o menos lenta según circunstancias que no podemos exponer aquí a la regionalización económica situada entre los polos extremos, tiene una importancia obvia que, antes que nada, demuestra lo fundamental que es el disponer de poder político-económico unitario independiente. Pero este es un problema imposible de entender por Estefanía en cuanto intelectual orgánico del imperialismo español que trabaja en uno de sus medios de producción ideológica más influyentes.
P. Kriedte explica así esa dialéctica: "Los hilos del sistema capitalista mundial, cuyos comienzos se remontan hasta el siglo XVI y que en el XVIII no sólo "internalizó" regiones hasta entonces externas sino que además ganó consistencia interna, confluían en Europa. Los capitales comerciales europeos los entrelazaban y los tendían alrededor de la tierra. El mundo de ultramar fue integrado en un sistema de intercambio cuyas leyes eran determinadas por las metrópolis europeas. Su contenido eran la discriminación, una división del trabajo imperial, por principio desigual y dictada por las necesidades de la metrópolis, y con frecuencia una explotación desembozada. El sometimiento de la periferia a las exigencias reproductoras de las metrópolis no careció de importancia para la revolución del aparato productivo manufacturero en Europa, pero llevó al estancamiento y el retraso al mundo subdesarrollado y colonial" (93). Estamos por tanto ante un capitalismo siempre en movimiento y dividido entre centro hegemónico, semiperiferia, periferia y arena exterior dentro de una totalidad de economía-mundo por utilizar ahora sin mayores precisiones el instrumental teórico de Wallerstein y otros investigadores. Dentro de esa mezcla de presiones y fuerzas es fundamental la intervención de los Estados, que no ha desaparecido, sino que se ha adoptado a los cambios, como siempre sucede en el capitalismo real.
Por su parte. G. Arrighi, ha estudiado la evolución de las crisis capitalistas y el papel jugado en ellas por el capital comercial excedente e improductivo, que al acumularse en exceso necesita buscar salidas más o menos desesperadas, y tras analizar la actual situación mundial, afirma que: "Esta configuración peculiar del poder mundial parece adecuarse excelentemente para formar otra de aquellas "alianzas memorables" entre el poder de las armas y el poder del dinero que han impulsado espacio-temporalmente a la economía-mundo capitalista desde finales del siglo XV. Todas estas alianzas memorables, excepto la primera, la ibero-genovesa, fueron alianzas entre grupos gubernamentales y grupos empresariales que pertenecían al mismo Estado: las Provincias Unidas, el Reino Unido, los Estados Unidos. Como observamos anteriormente, a lo largo del ciclo de acumulación estadounidense la relación de intercambio político que vinculó la estrategia de obtención de beneficios japonesa con la estrategia de poder estadounidense ya se asemejaba a la relación ibero-genoivesa del siglo XVI" (94).
T. Kemp explica así ese entramado entre finales del siglo XIX y comienzos del XX:
"El crecimiento equilibrado de la economía británica dependía del sistema multilateral de pagos que la ligaban a la economía mundial y en su capacidad de adaptación a los cambios de la demanda de la demanda mundial y de los flujos de pago. La piedra de toque de todo este sistema estribaba en la existencia de una abundante participación de capital británico en la economía mundial y en el flujo de ingresos de ella derivado. Los ingresos provenientes de inversiones anteriores, unidos a otras ganancias invisibles, permitían a la Gran Bretaña tener un déficit en la balanza de pagos respecto a otros países avanzados, lo que de hecho constituía un mercado para sus productos industriales. Al mismo tiempo, sus superávits respecto a Gran Bretaña les permitía comprar materias primas y artículos alimenticios procedentes de las principales áreas productoras que se habían desarrollado con capital británico y con respecto a los cuales Gran Bretaña mantenía un superávit en la balanza de pagos. En este complejo circuito de intercambio, como ha apuntado Saul, los ingresos británicos procedentes de sus inversiones en la India desempeñaron un papel esencial. Entretanto, el libre comercio británico permitía a otros países vender sus excedentes en el propio mercado británico, con lo que equilibraban sus déficit respecto a otras zonas del mercado mundial. En estas circunstancias, surgió una cierta solidaridad internacional que no impedía, sin embargo, una vigorosa competencia en la búsqueda de mercados y oportunidades de inversión, ni una tensiones internacionales cada vez mayores" (95).
Como veremos dentro de un momento, no faltan autores que sostienen que la situación de EEUU en la actualidad es similar a la de Gran Bretaña hace un siglo, salvando las distancias, y que la globalización no es sino la estrategia yanqui para evitar seguir la misma suerte que el imperialismo británico, pero un siglo más tarde. Estas y otras consideraciones nos llevan precisamente al problema de la naturaleza del capitalismo como modo de producción que evoluciona en una dialéctica entre lo regional, lo estatal y lo mundial que es todavía más vida y sinérgica precisamente en lo relacionado con las innovaciones tecnológicas y sobre todo con las revoluciones industriales. No podemos extendernos ahora en la evolución anterior tanto de la tecnología como de las revoluciones industriales porque nos llevaría demasiado lejos, aunque sí queremos insistir, por su importancia para el tema que tratamos, en las características permanentes de las revoluciones industriales, dado que buena parte de la interesada confusión conceptual sobre la "nueva economía", la interpretación reformista de la globalización, etc., surge de una lectura muy superficial del actual contexto capitalista, caracterizado, entre otras cosas, por estar viviendo su tercera revolución industrial. Las constantes de todas ellas son, según M. Cazadero: "tres grandes conjuntos: la estructura de innovaciones tecnológicas, la renovación de la sociedad destinada a implementar el proceso industrializador y el cambio global en la economía planetaria" (96).
(83) Valeri Bushuev: "El "neoglobalismo" de EE.UU. y América Latina". En "Ciencia Sociales", ACC de la URSS, Moscú, 1988, nº 2, pág. 180.
(84) James Petras: "La izquierda contraataca. Conflicto de clases en América Latina en la era del neoliberalismo". Akal, Madrid 2000, págs 246-247.
(85) Marx y Engels: "Manifiesto del Partido Comunista". Obras Escogidas. Editorial Progreso. Moscú, 1978 Volumen 1, pág 114.
(86) Joaquín Estefanía: "La nueva economía. La globalización". Temas de Debate, Madrid 1996, págs 9-10 y 173-184.
(87) Joaquín Estefanía: "La nueva economía. La globalización". Ops. Cit. Pág. 65.
(88) Joaquín Estefanía: "La nueva economía. La globalización". Ops. Cit. Págs. 89-92.
(89) Richard J. Barnet y John Cavanagh: "Sueños globales. Multinacionales y el Nuevo Orden Mundial". Flor del Viento. Barcelona 1995. Págs. 255-278.
(90) Peter Mathias: "Análisis nacionales y análisis regionales", en AA.VV: "La Revolución Industrial". Critica, Barcelona 1988, págs. 11-34.
(91) Manuel Castells: "La era de la información". Alianza Editorial. Madrid 1997. Volumen I, "La sociedad red", pág. 414.
(92) David S. Landes: "Revolución industrial y proceso de industrialización", en AA.VV: "La Revolución Industrial". Ops. Cit. Pág. 380.
(93) Peter Kriedte: "Feudalismo tardío y capital mercantil". Crítica, Barcelona 1982, pág. 164.
(94) Giovanni Arrighi: "El largo siglo XX". Akal, Madrid 1999, pág. 426.
(95) Tom Kemp: "La Revolución Industrial en la Europa del siglo XIX". Martínez Roca, Barcelona 1987, págs 233-234.
(96) Manuel Cazadero: "Las revoluciones industriales". FCE, México 1995, pág. 206.